
Juan Granados Valdéz
Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación. Universidad Técnica de Manabí. ECUADOR.
verdad ni por la realidad. Es el nihilismo o el nihilismo del valor (Baudrillard,
2000).
Y en esta situación, ¿qué pasa con el arte?, ¿qué dice Baudrillard al respecto?
El arte es el metalenguaje de la banalidad, dice Baudrillard. El arte no es reflejo
mecánico de las condiciones positivas o negativas del mundo, sino la ilusión
exacerbada, el espejo hiperbólico de éstas. En un mundo condenado a la
indiferencia el arte sólo puede añadirse a esa indiferencia, girar en torno al
vacío de la imagen. El arte se ha vuelto iconoclasta. No destruye imágenes, las
fabrica. Por eso se da la profusión en la que no hay nada que ver (Baudrillard,
2006: 18-21). Y agrega Baudrillard que “El arte ha conseguido […] trascenderse
como forma ideal de vida […] No se ha abolido en una idealidad trascendente
sino en una estetización general de la vida cotidiana, ha desaparecido en una
circulación pura de las imágenes, en una transestética de la banalidad […] el
episodio crucial en el arte fue sin duda Dada y Duchamp, en los que el arte,
renegando de su propia regla de juego estética, se abre a la era transestética de
la banalidad de las imágenes” (Baudrillard, 1997: 18).
Jean Baudrillard en El otro por sí mismo describe lo siguiente:
“Recuerdo una escena de una exposición hiperrealista en Beaubourg: varias esculturas, o más
bien varios maniquíes, completamente realistas, color carne, íntegramente desnudos en una
posición, sin ningún equívoco, banal. Instantaneidad de un cuerpo que nada quiere decir y
nada tiene que decir, que está simplemente allí y, con ello, provoca una especie de
estupefacción en los espectadores. La reacción de la gente era interesante: se inclinaban para
ver algo, los poros de la piel, los pelos del pubis, todo. Sin embargo, no había nada que ver.
Algunos querían incluso tocar, para experimentar la realidad de ese cuerpo, pero,
naturalmente, eso no funcionaba, porque todo estaba ya allí. Ni siquiera engañaba al ojo.
Cuando el ojo se engaña, el juicio se divierte en adivinar, e incluso cuando no se intenta
engañar siempre hay una especie de adivinación en el placer estético y táctil que procura una
forma. […] Aquí, nada, salvo la extraordinaria técnica mediante la cual el artista consigue
apagar todas las señales de la adivinación. Ya no queda la sombra de una ilusión detrás de la
veracidad de los pelos. Nada que ver: por ello la gente se agacha, se acerca y huele este hiper-
parecido alucinante, espectral en su simplicidad. Se agachan para comprobar algo asombroso:
una imagen en la cual no hay nada que ver. […] Ahí está la obscenidad: en que no haya nada
que ver. No es sexual sino real. El espectador no se agacha por curiosidad sexual, sino para
comprobar la textura de la piel, la textura infinita de lo real. Es posible que en la actualidad sea
éste nuestro auténtico acto sexual: comprobar hasta el vértigo la inútil objetividad de las cosas.
[…] La fascinación es la pasión desencamada de una mirada sin objeto, de una mirada sin
imagen. Hace mucho tiempo que todos nuestros espectáculos mediáticos han franqueado el
muro de la estupefacción. Una exacerbación vitrificada del cuerpo, una exacerbación vitrificada
del sexo, una escena vacía en la que no sucede nada, y que, no obstante, llena la mirada.
También la información, o lo político: no sucede nada, y, sin embargo, nos sentimos saturados”.
(Baudrillard, 2001: 26-28).
Todo esto lo vive el espectador, lo es, porque es esquizofrénico. Ya sea que la
imagen refleje o enmascare una realidad o una ausencia, la imagen genera
ilusión en el espectador. Cuando la imagen muere con la realidad, es porque el
simulacro y la simulación han tomado el lugar de ambas porque cuestiona la
diferencia entre lo verdadero y lo falso, entre lo real y lo imaginario, porque
elimina toda referencia, porque niega el valor. En este caso la imagen que el