de la interacción de sus partes, es una integralidad. Lo sistémico aquí
rechaza el enfoque parcelado y en extremo especializado que mutila al
empleado su potencial de multihabilidades o polivalencia
(multicompetencias), devenido en sustento de los sistemas de trabajo
flexibles (Cuesta, 2010).
Con lo anteriormente expuesto puede llegarse a la conclusión que la
GRH no se puede ver como elemento aislado de la Gestión del
Conocimiento (GC), sino que se deben integrar ambas definiciones para
que en su conjunto propicien el continuo desarrollo del trabajador y con
ello, mejoras en el desempeño organizacional; ambas constituyen gestión
de las personas que trabajan, portadoras del capital humano (Cuesta,
2010).
La gestión del conocimiento debe entenderse como un sistema cuya
función principal radica en administrar la recopilación, organización,
refinamiento, análisis y diseminación del conocimiento de cualquier tipo
dentro de una organización y posee vital importancia dentro de la misma.
Esta importancia que le confiere Cuesta (2010) a la formación como
elemento clave en la gestión del recurso humano y como una vía
fundamental para enriquecer el capital humano y por ende el capital
intelectual en las organizaciones, se corrobora al estudiar los diferentes
modelos de GRH descritos a lo largo del tiempo, haciendo énfasis
fundamentalmente en los que tratan el tema de la formación.
El aprendizaje es un proceso de interiorización de la cultura universal.
Es una trasformación cualitativa de los sujetos cognoscentes, es
subjetivación de la realidad objetiva. Aprender conduce a la producción
personal; en condiciones socializadas; de conocimientos, habilidades y
hábitos, valores, sentimientos, gustos, ideales, aspiraciones, intereses,
actitudes, conductas.
Es importante señalar que además de los beneficios de la capacitación
laboral que se producen en el crecimiento del personal, están el aumento
de la productividad, el mejoramiento del clima de trabajo, la actitud de
colaboración generada, la disminución de riesgos de trabajo, la
contribución para un mejor acondicionamiento de las instalaciones y la
implantación de programas a todos los niveles, lo que se corresponde con
la formación por competencias. Resultando muy importante medir el
impacto de la formación de los recursos humanos y la gestión formativa
dentro de la organización.
La evaluación del impacto y la rentabilidad de la formación es una de
las modalidades de evaluación de la formación que se da en las
organizaciones. Por impacto de la formación podemos entender con
Pineda (2000) las repercusiones que tienen para la organización la
realización de acciones formativas, en términos de respuesta a las
necesidades de formación, de resolución de problemas y de contribución
al alcance de los objetivos estratégicos que la organización tiene
planteados.
En el análisis de la bibliografía sobre medición de impacto se han
podido considerar las aportaciones de autores como Pineda (2000) que
habla de medir la incidencia en distintos espacios (legal, social,
económico, pedagógico y organizacional), o los cuatro niveles de
Kirkpatrick (2004), que hablan de reacción, aprendizaje, conducta y
resultados.
Otro de los modelos analizados es el de Soltura (2009), al que le
incorporan las ideas de Cuesta (2010), así como los enfoques de
Kirkpatrick (2004); Phillips (2003) y Pineda (2000) para lograr la
evaluación del impacto de la formación empresarial.
El modelo de Phillips, citado por Pineda (2000), parte de los
planteamientos de Kirkpatrick, aunque adopta un enfoque mucho más
cuantitativo y se centra en desarrollar una metodología que permita
evaluar el impacto económico de la formación en las organizaciones. La
medición de los resultados a nivel de rentabilidad se realiza mediante el
cálculo del retorno de inversión (ROI) a la formación.
Al intentar evaluar el impacto de la capacitación se ha reducido el
análisis a la evaluación del proceso enseñanza aprendizaje, o sea, a los
resultados y en algunos casos a su efecto, de donde lo obtenido no se
corresponde exactamente con el impacto producido, no incluye los
cambios de actitudes perdurables en los hombres, las organizaciones y su
incidencia en la sociedad. La valoración que se realiza resulta, por tanto,
focalizada puntualmente en dos etapas del proceso sin considerar otras
variables que intervienen en él.
Teniendo en cuenta esta idea inicial, cuando hablamos de impacto de
la capacitación los autores se refieren a una situación que produce un
conjunto de cambios significativos y duraderos, positivos o negativos,
previstos o imprevistos, en la vida de las personas, las organizaciones y la
sociedad. Dicho de otro modo, la evaluación del impacto es un juicio de
valoración sobre la dinámica de los cambios cuantitativos y cualitativos
operados en las personas y las organizaciones beneficiadas por la acción
de capacitación, estableciendo un vínculo de causalidad directo o
indirecto.
La rápida evolución del término impacto ha influido en que se utilice
esta palabra para definir los cambios producidos por una acción sobre la
economía, la población, el medio ambiente y otras variables
seleccionadas.
Las diferentes visiones sobre el impacto, antes compartidas, apuntan a
que la evaluación del impacto es siempre un empeño difícil pero
necesario, en el cual debe considerarse la complejidad de la relación entre
la acción de superación y las personas que son afectadas por ella, por eso
se debe distinguir lo significativo para ponderar convenientemente la
importancia de los cambios, a partir de un sistema de referencia
compartido.
La diversidad de enfoques permite constatar que la medición del
impacto debe hacerse desde una perspectiva multifactorial, que integre las
personas, los objetivos establecidos, las acciones de capacitación,
importancia de los cambios operados; comparado con un sistema
referencial compartido y establecido de antemano.
En la figura 1 puede observarse cómo se toman momentos previos
como referentes: los resultados y los efectos.
Figura 1. Momentos claves de la evaluación.
Fuente: Elaboración propia.