México, por el contrario, la historia musical, se divide en dos grandes
etapas: antes y después de la revolución de 1910 y es concretamente la
segunda la que será expresión popular principal. La música de conciertos
mexicana comenzó a despuntar sobre el año 1870. El predominio del gusto
por la faceta escénica, con la cada vez mayor proliferación de géneros como
la ópera, zarzuela y opereta, se ve desplazado por el crecimiento de la
composición pianística, pues eran las microformas y la música para
pequeño formato, la vía más prudente para llevar a los salones de la
burguesía ciertos elementos de la música popular revestidos con los
recursos elaborativos de la música de conciertos. Así llegaron a la más
refinada cultura mexicana, no solo sus ritmos tradicionales, sino una amplia
muestra de los géneros y ritmos de otros países: como los ritmos sincopados
de la contradanza y el danzón cubanos (Robles Cahero, 2000).
El danzón tuvo en México una acogida inmediata. Sobre el año 1880,
traspasó las fronteras de la isla y comenzó a considerarse también como un
baile propio. Tomando como puerto de arribo las regiones de Yucatán y
Veracruz, su carácter alegre y sensual, hace que este género sea una
representación de las identidades de cada uno de estos dos países. Aunque
permaneció fiel a su estructura, rondó (A-B-A-C-A-D) a principios del
siglo XX el danzón adoptó un nuevo añadido que surgiría del son: la sección
del “montuno”. No escapó tampoco México a esta nueva corriente
compositiva, de ello dan fe los más emblemáticos danzones de Arturo
Márquez, que despliegan aparte de sensualidad y alegría, una concienzuda
muestra de maestría y virtuosismo de la música latinoamericana de
conciertos (Corzo & Castillo, 1999, p.47).
4. Discusión
No solamente existe una relación entre los lenguajes musicales
nacionalistas de Latinoamérica, como los rasgos indios de la música de los
mexicanos Carlos Chávez, con obras como Sinfonía India; Manuel Ponce,
que gracias a su relación con el guitarrista español Andrés Segovia logra
llevar música mexicana al panorama internacional y deja obras como
Scherzino maya y el poema sinfónico Chapultepec; o los músicos cubanos
Amadeo Roldán con sus Rítmicas de marcado estilo afrocubano; y
Alejandro García Caturla, quien llevaría el son a los escenarios de la música
culta: Mi mamá no quiere que baile el son o Son en Fa. Existe además un
diálogo entre estos lenguajes, una confluencia de estilos que van borrando
las fronteras entre las músicas latinoamericanas. El caso del danzón y la
labor de Arturo Márquez es una fehaciente muestra de ello. Su Danzón 2,
probablemente el más conocido e interpretado de su repertorio, es una
muestra de respeto por la música latinoamericana en la que el compositor
hace gala de toda esa historia musical de equilibrio y buen gusto: a la usanza
de Salas; de una estructura Rondó en la que la parte A es de un carácter
reposado y sencillo mientras que las partes alternantes son de una expresión
virtuosa y bailable; con una copla final vigorosa en ritmo de montuno.
Se puede hablar de una unidad en cuanto al panorama latinoamericano
musical, Cuba y México, y la apropiación del danzón es un referente de
ello. Igualmente, se puede desglosar un paralelismo en lo que sería una
posterior estética nacionalista en ambos escenarios.
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